De cómo sobrevivimos al volcán y nos asomamos al centro de la Tierra
Junto a la zona de acampada, se abría una pequeña grieta que servía de acceso hacia el cráter, así que tras el breve refrigerio encaramos el último trecho que nos separaba de nuestro destino. Realmente puede decirse que fue como un descenso hacia el mismísimo infierno: a través de la brecha en la roca, descendimos por la pendiente que conducía hacia la base del cráter del Erta Ale, importunados por el sofocante viento, la densa oscuridad y la irregular superficie. No era nada aconsejable levantar la vista de un suelo quebradizo, plagado de profundas y cortantes grietas de roca volcánica solidificada, pero simplemente alzando la vista por unos instantes, se podía divisar el borde del cráter iluminado violentamente por los fuegos interiores, anticipando un espectáculo que sólo era posible contemplar desafiando al volcán desde el umbral del cráter, desde las puertas del centro de la Tierra.
Pero de repente, un desacertado cálculo en nuestra aproximación nos hizo presa fácil de los mortales vapores que emergían de la lava. Evitando ser tragados por la montaña, nuestras miradas se habían dirigido principalmente hacia nuestros pies, y no pudimos percatarnos de que en realidad caminábamos hacia la zona donde el viento arrojaba la niebla tóxica que desprendía el volcán. Una primera bocanada de gas asfixiante y abrasivo nos hizo detener de repente nuestra marcha y retroceder sobre nuestros pies lo más aprisa posible. La excitación previa había dado paso a una cierta angustia, y las fuerzas de la Naturaleza no dan tregua, así que a pesar de acelerar nuestro paso, la siguiente bocanada volvió a golpear nuestros pulmones, proporcionando el oxígeno justo para no desfallecer y seguir alejándonos. La sensación de incertidumbre de poder estar aspirando tu última bocanada fue angustiante, ya que ciertamente la tercera inspiración podría haber sido fatal, aunque por suerte conseguimos alejarnos lo suficiente de la corriente tóxica para recuperar el oxígeno necesario. En ese momento nos percatamos de la magnitud del monstruo al que estábamos desafiando, aunque tras la lección de humildad del ser humano ante la fuerza de los elementos, proseguimos el avance, hipnotizados por el resplandor cada vez más próximo, ansiosos por asomarnos a aquel abismo infernal.
Y al fin llegamos. Allí, asomados al borde del cráter, a escasos metros bajo nuestros pies, aparecieron ante nosotros las puertas del centro de la Tierra. Una inmensa extensión incandescente nos mostraba el lado más oscuro y violento de la Naturaleza. Una cantidad ingente de magma burbujeante formaba una especie de recorrido cíclico por el interior del cráter. Placas de roca derretida se desplazaban lentamente hacia los extremos, donde se enfriaban y reducían su velocidad, rodeando el cráter, y volviendo finalmente hacia el centro donde se volvían a fundir, estallando con violencia y esparciéndose para volver a realizar un ciclo sin fin. En un punto cercano a nosotros, posiblemente uno de los ‘puntos calientes’ del cráter, una ola de lava golpeaba con insistencia un gran pedazo de roca, erosionando su base y calentando su interior hasta el punto de volverla incandescente, la cual resistía las embestidas a fuerza de ir perdiendo parte de la base, que se derretía y se sumergía en la lava en forma de brillantes y viscosos filamentos. Un poco más allá, podían verse varios surtidores que lanzaban al aire poderosos chorros de magma a gran altura, como fuentes accionadas por violentas explosiones interiores que emergían de las profundidades. El panorama era hipnótico y sobrecogedor, como espectadores de las fuerzas creadoras, necesarias para la combustión de los materiales que nos proporciona una energía vital procedente del interior del planeta, que en este caso han escapado hacia la superficie para mostrarnos una ínfima parte de su potencial.
A pesar del calor sofocante, permanecimos allí durante un buen rato, fascinados por aquel maravilloso espectáculo que teníamos ante nosotros, desafiando a unas fuerzas que podrían destruirnos en cuestión de segundos, pero que por alguna razón, permanecían en estado de letargo, mostrando su benevolencia al permitirnos ser testigos de la magnitud de su poder, dormido por tiempo indeterminado, esperando la ocasión para volver a mostrar todo su esplendor. Y así, aún estupefactos por lo que acabábamos de contemplar, regresamos a la cima del gran Erta Ale, a lugar seguro, donde pasaríamos la noche antes del descenso, conservando aún las magníficas vistas sobre el cráter y desde done aún se podía escuchar su lejano rumor.
